Voy a empezar con dos promesas, porque sé que este título pone a la defensiva.
La primera es que tu perro y tu gato salen intactos de este artículo, exactamente en el mismo sitio donde estaban al empezarlo.
La segunda es que te voy a contar datos incómodos que el sector prefiere callarse.
Algunos chocan frontalmente con lo que probablemente has leído en otros lugares.
Si eso te vale, sigue leyendo, porque este es justo el tipo de tema para el que existe la antrozoología.
Esta disciplina va mucho más allá del vínculo bonito que cabe en una foto de Instagram.
Estudia toda nuestra relación con los demás animales, incluidos los que acaban en nuestro plato y la fauna silvestre a la que afectamos sin llegar a verla nunca.
Y ahí, precisamente ahí, llevamos años esquivando una conversación pendiente.
La responsabilidad es enteramente nuestra
Empiezo por lo más importante de todo el artículo, porque el debate público sobre este asunto está mal planteado desde la raíz misma.
Cuando se habla del impacto ambiental de los animales de compañía, la conversación deriva rapidísimo hacia culpar al animal.
El gato que caza. El perro que ocupa espacio y recursos.
Como si cualquiera de los dos tuviera capacidad de decisión sobre algo.
Y ahí está el error, porque esa capacidad de decisión es enteramente humana.
Un gato come lo que le ponemos delante, del mismo modo que nosotras elegimos el tipo de alimentación y el antiparasitario que le aplicamos cada mes.
También el tipo de arena y la cantidad de juguetes de plástico que entran en casa a lo largo del año.
Todas y cada una de esas decisiones son nuestras, y las tomamos en su nombre sin consultarle jamás.
Así que este artículo habla de decisiones humanas de consumo con respecto a nuestros animales de familia, que es algo completamente distinto.
Y, sobre todo, algo sobre lo que sí podemos actuar.
Casi toda la huella está en el plato
Empecemos por lo grande, porque el grueso del impacto está bastante lejos de donde la mayoría de la gente imagina.
Por delante de la caza, del plástico y de los juguetes que se rompen a la semana, el peso real está en el comedero.
Todos los días, una o varias veces al día.
En 2020, un equipo de la Universidad de Edimburgo publicó el primer análisis global del impacto ambiental del pienso seco.
Y los números que sacaron dan bastante que pensar.
La producción mundial estaría asociada a entre 56 y 151 millones de toneladas de CO₂ equivalente al año.
Eso supone entre el 1,1% y el 2,9% de todas las emisiones agrícolas del planeta.
Ocuparía además entre 41 y 58 millones de hectáreas de suelo agrícola, una superficie equivalente al doble de todo el Reino Unido.
Y consumiría entre 5 y 11 kilómetros cúbicos de agua dulce.
Para que puedas situarlo mentalmente, si el pienso para animales de compañía fuera un país estaría alrededor del puesto 60 del mundo en emisiones.
Más o menos en la liga de Mozambique o Filipinas.
Un estudio anterior, centrado solo en Estados Unidos, llegó a una conclusión igual de llamativa por otra vía.
Calculó que la energía alimentaria consumida por los perros y gatos estadounidenses equivalía a la de unos 62 millones de personas.
Cerca del 20% de la población del país.
El matiz que lo cambia casi todo
Ahora viene la letra pequeña, y conviene que la conozcas.
Porque esas cifras circulan por internet completamente desnudas de contexto, y así resultan mucho más alarmantes de lo que deberían.
Resulta que cerca de un tercio del pienso seco, medido en masa, son subproductos animales.
Es decir, partes del animal que la industria alimentaria humana descarta y que, sin esta salida, en buena medida acabarían siendo residuo.
Y eso tiene una consecuencia metodológica enorme.
Significa que el impacto que le atribuyas al pienso depende enteramente de cómo decidas contabilizar esos subproductos.
Si los consideras un residuo que se está aprovechando, el impacto se acerca a cero.
Si les asignas una parte proporcional del coste ambiental del animal entero, se dispara hacia el extremo alto del rango.
Los propios autores lo reconocen abiertamente, ya que sus resultados son un rango y no una cifra.
Y la amplitud de ese rango depende de una decisión metodológica que sigue siendo discutible.
Por eso, cuando alguien te suelte un número redondo y contundente sobre esto, desconfía.
Ese número redondo es siempre una invención.
La paradoja del pienso premium
Y ahora el dato que más incomoda al sector, porque va directo contra el discurso de marketing dominante.
Y contra buena parte de sus ingresos publicitarios.
Cuanta más carne de calidad lleva un pienso, mayor es su impacto ambiental.
Las gamas premium incorporan una proporción más alta de carne muscular en lugar de subproductos.
Y precisamente por eso generan más emisiones y ocupan más tierra que las marcas convencionales.
Dicho de otro modo, la opción que se te vende como «la mejor para tu animal» resulta ser, en términos ambientales, la peor de todas.
Y a la inversa, usar subproductos, eso que en los foros suena a timo y a comida de segunda, es la parte más eficiente de todo el sistema.
Porque aprovecha lo que de otro modo se tiraría.
Que conste que la calidad nutricional importa muchísimo y merece un artículo propio.
Así que aquí me limito a un matiz muy concreto, y es que «más carne» y «mejor» describen cosas distintas.
Aunque a la industria le venga francamente bien que tú las confundas.
Por cerrar este punto con un último dato, la alimentación de un perro emite de media alrededor de 1,6 veces más que la de un gato.
Sobre todo por diferencia de tamaño y de cantidad ingerida.
Los antiparasitarios acaban en los ríos
Y ahora vamos con la parte que a mí personalmente más me sorprendió cuando la leí por primera vez.
Porque llevo años sin verla mencionada en ningún sitio del sector en español.
En 2021, un equipo de la Universidad de Sussex analizó muestras de agua de veinte ríos ingleses recogidas entre 2016 y 2018.
Buscaban fipronil e imidacloprid, dos principios activos habituales en las pipetas y collares que usamos con perros y gatos.
Encontraron fipronil en el 98,6% de las muestras e imidacloprid en el 65,9%.
Y conviene entender lo que eso implica, porque ambos compuestos resultan extremadamente tóxicos para los invertebrados acuáticos.
Que son, literalmente, la base de la cadena trófica de un río.
Lo inquietante es cómo llegan hasta allí, porque basta con la rutina doméstica más corriente.
Llegan a través del agua del baño del perro que se va por el desagüe.
De nuestras propias manos después de aplicar la pipeta.
De la colada de su cama y sus mantas.
Y de forma completamente directa, de los perros que se bañan en ríos y embalses habiendo sido tratados días antes.
También se han encontrado estos compuestos en nidos de aves construidos con pelo de perro y de gato.
Lo que da una idea de hasta dónde viaja todo esto.
Y por si estás pensando que se trata de un problema británico, en España la Agencia Española de Medicamentos ya ha investigado la presencia de imidacloprid en aguas superficiales.
Aquí necesito ser muy clara
Sigue protegiendo a tu animal frente a los parásitos.
Eso es innegociable, y lo repito porque un artículo leído en diagonal puede hacer daño de verdad.
En España convivimos con leishmaniosis, con enfermedades transmitidas por garrapatas y con riesgos vectoriales reales y a veces mortales.
De manera que la prevención salva vidas y ese principio se mantiene intacto.
Lo que la evidencia sugiere resulta bastante más fino que abandonar el tratamiento, y se resume en tres ajustes.
El primero consiste en adaptar el tratamiento al riesgo real de cada animal concreto.
Su zona geográfica, la estación del año y su estilo de vida.
De modo que sea tu veterinaria quien lo valore caso por caso, en lugar de una rutina heredada que funciona en automático los doce meses.
El segundo consiste en esperar unos días antes de bañar al perro o dejarlo nadar después de aplicar una pipeta.
Algo que además mejora la eficacia del propio producto.
Y el tercero consiste en llevar las pipetas y collares usados al punto SIGRE (de reciclaje) de cualquier farmacia, en lugar del desagüe o de la basura común.
Son gestos minúsculos tomados de uno en uno.
Multiplicados por millones de hogares, se convierten en algo bastante grande.
¿Y la depredación de los gatos?
Lo menciono porque sé perfectamente que llevas medio artículo pensando en ello.
Aunque voy a ser breve, ya que hemos hablado de esto en el blog y la posición sigue siendo la misma.
El impacto de la depredación felina es real y depende enormemente del contexto.
Así que meterlo todo en el mismo saco es justo lo que impide entenderlo.
Una isla del Pacífico, donde el gato fue introducido por el ser humano y ha provocado extinciones documentadas, es un escenario.
La Europa continental, donde lleva milenios integrado en el ecosistema, es otro profundamente distinto.
Y la etiqueta de especie exótica invasora encaja bastante mal en el segundo caso.
Conviene recordar además que el declive de la biodiversidad tiene causas humanas claramente dominantes.
Destrucción de hábitat, contaminación y cambio climático.
Frente a ellas, convertir al gato en el villano principal resulta, además de injusto, una distracción francamente conveniente para quienes deberían rendir cuentas.
Si el impacto ambiental de tus animales de familia te preocupa de verdad, el alimento y los antiparasitarios deberían quitarte muchísimo más el sueño que la caza de tu gato.
La otra mitad de la balanza
Y ahora, por rigor y por honestidad, toca mirar el otro platillo.
Porque un artículo que enseñara una sola columna sería exactamente igual de tramposo que los que critico.
Estos estudios miden el coste y dejan fuera todo lo demás.
Falta una columna que contabilice los desplazamientos en coche que se ahorran las familias que caminan a diario porque tienen un perro.
También el efecto sobre la salud mental de millones de personas, y la carga que eso le quita a los sistemas sanitarios.
De hecho, los propios autores del estudio de Edimburgo lo señalan de forma explícita.
Reconocen que los impactos de alimentar a nuestros animales de familia quedan contrapesados por beneficios sociales y psicológicos que su análisis deja sin cuantificar.
Así que lo que tienes delante es media contabilidad.
Y quien la utilice para decirte que tener un perro resulta insostenible está haciendo exactamente lo mismo que quien te vende que sale gratis para el planeta.
Es decir, escoger la mitad que le conviene y esconder la otra.
Cinco decisiones que sí están en tu mano
Vamos a lo práctico, con calma y con datos, porque la culpa paraliza y la información moviliza.
La primera y la de mayor impacto consiste en ajustar la ración, que además es la más ignorada de todas.
Se ha calculado que sobrealimentar globalmente solo un 10% añadiría más de un millón de toneladas de CO₂ al año.
Y encima genera obesidad en nuestros animales de familia, con lo cual aquí pierde todo el mundo.
La segunda consiste en cuestionar la ecuación «más carne igual a mejor».
Habla con tu veterinaria sobre las necesidades reales de tu animal de familia, en lugar de guiarte por los porcentajes que destaca el envase.
La tercera consiste en usar los antiparasitarios por criterio y no por calendario, gestionando después correctamente el residuo.
La cuarta consiste en reducir el consumo accesorio, ese que se acumula sin que nadie lo note.
Juguetes de plástico que duran una semana, arena de origen minero y textiles que responden más a la moda que a ninguna necesidad del animal.
Y la quinta, que engloba a todas las anteriores, consiste en elegir con información en lugar de con culpa.
Que es de lo que va este artículo entero.
Sobre las dietas vegetales para animales de compañía existe investigación reciente y un debate abierto que seguiré de cerca.
Aunque en gatos, que son carnívoros estrictos, hablamos de un terreno especialmente delicado que exige formulación profesional y seguimiento.
Esa decisión corresponde a una veterinaria con formación en nutrición, bastante más que a un blog, incluido este.
Mirar todo esto de frente nos convierte en coherentes.
Que es una cosa bastante más difícil e infinitamente más valiosa.
Porque si de verdad defendemos que los animales de familia son seres con valor propio, esa afirmación tiene que alcanzar bastante más lejos que a los dos que duermen en nuestro sofá.
Tiene que llegar también hasta los que acaban en su comedero cada mañana.
Y hasta los invertebrados de un río que probablemente nunca veremos.
Eso es antrozoología.
Y esta disciplina existe para hacernos preguntas incómodas, no para darnos la razón.
Dime una cosa, ¿sabías lo de los antiparasitarios en los ríos? ¿Qué es lo que más te ha descolocado? Te leo en comentarios.
Bibliografía
- Alexander, P., Berri, A., Moran, D., Reay, D., & Rounsevell, M. D. A. (2020). The global environmental paw print of pet food. Global Environmental Change, 65, 102153. https://doi.org/10.1016/j.gloenvcha.2020.102153
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- Perkins, R., Whitehead, M., Civil, W., & Goulson, D. (2021). Potential role of veterinary flea products in widespread pesticide contamination of English rivers. Science of the Total Environment, 755, 143560. https://doi.org/10.1016/j.scitotenv.2020.143560
- Perkins, R., Barron, L., Glauser, G., Whitehead, M., Woodward, G., & Goulson, D. (2024). Down-the-drain pathways for fipronil and imidacloprid applied as spot-on parasiticides to dogs. Science of the Total Environment, 917, 170175.
- Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS). Residuos de imidacloprid en aguas superficiales y estaciones de tratamiento en España.
- GEMFE-AVEPA. Documento de posicionamiento sobre gatos y biodiversidad en España.
