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Cementerios de mascotas

También existían en el antiguo Egipto

Como saben los historiadores y arqueólogos, los cementerios de animales no son excepcionales en la Edad Antigua.
Fuera el caso de sacrificios rituales, ofrendas o enterramientos de animales sagrados, sobran los ejemplos.
Son famosas las tumbas del Serapeum, dedicadas al buey Apis, en Egipto, dedicadas a un animal sagrado, como son abundantes los yacimientos en los que se encuentran momificaciones de cocodrilos, ibis o gatos, que se llevaban a cabo en el transcurso de varios ritos religiosos.
Sin salir del país del Nilo, lo que ha encontrado un equipo de arqueólogos polacos en Berenice, un antiguo puerto comercial romano, es algo muy diferente.

En 2017, bajo un antiguo vertedero de la ciudad que comenzó a excavarse hará unos diez años, los arqueólogos dieron con los restos de un centenar de animales, en su mayoría gatos.
Se dijo entonces que se trataba, simplemente, de animales que, una vez muertos, habían sido arrojados a la basura.
Sin embargo, el hecho llamó la atención por lo inusual.

Esa alta concentración de restos de animales domésticos merecía más atención.

Un equipo de la Academia Polaca de Ciencias, dirigido por la arqueozoóloga Marta Osypinska, en el que, además de arqueólogos, también había veterinarios, se puso manos a la obra.
La doctora Osypinska había sido la descubridora de los cien primeros restos de animales en Berenice y en esta segunda excavación sacó a la luz casi seiscientos restos de animales.
Más del 90 % de los restos encontrados habían sido gatos; alrededor de un 5 %, perros; el resto, monos. Lo primero que evidenció el grupo es que esos animales no habían sido arrojados a la basura, sino enterrados con cuidado, incluso con mimo, hace unos dos mil años, en época romana.

Aquí surge la sorpresa.

Aquí surge la sorpresa. La idea generalizada de un animal doméstico asignada en la Antigüedad habitualmente no ha sido la de animal de compañía.
Generalmente, se ha creído que la relación con el animal era puramente utilitaria, que el perro cuidaba de la casa y el gato cazaba ratones, y poco más que eso.

A menudo se ha creído que sólo era una relación semejante a la de un ganadero con sus vacas, por poner un ejemplo.

Sin embargo, los restos puestos al descubierto en el yacimiento de Berenice dicen otra cosa.

El cuidado con el que se depositaron los restos y el hecho de que muchos de ellos fueran envueltos con ropa o con vasijas, a modo de sarcófago, y que algunos incluso lucieran collares y que estos estuvieran adornados con cuentas de cristal o metal señala, casi sin lugar a dudas, que la relación de los humanos con sus animales iba más allá del utilitarismo, y que existía cariño y afecto por el animal enterrado. Y eso supone un gran hallazgo.

Un cementerio único

Expertos en arqueozoología, como Michael McKinnon, de la Universidad de Winnipeg, Canadá, afirman que nunca habían visto un cementerio como este.
Parece evidente que no se trata de un ritual religioso, prosigue, pero tampoco de un vertedero, sino de un verdadero cementerio para animales de compañía. McKinnon señala que la idea de que un animal fuera un miembro de la familia era difícil de concebir en la Antigüedad, como ya hemos dicho, pero que los animales enterrados en Berenice muestran precisamente eso, que eran apreciados y queridos por sus tutores humanos.

Un trato único

Coincide en ello la doctora Osypinska, cuando señala que muchos de los animales ahí enterrados hacía tiempo que habían dejado de ser útiles. El dictamen de los veterinarios muestra animales ancianos, algunos incluso con lesiones arrastradas durante años, que no se corresponden con la costumbre del trato con animales domésticos hasta ahora atribuida a las familias romanas de tiempos del final de la República y principios del Imperio.

Animales queridos y estimados

La doctora Osypinska no tiene ninguna duda de que ha dado con una antiguo cementerio de animales de compañía en Berenice.
De animales de compañía en el sentido que damos hoy en día a esa palabra, de animales queridos y estimados, capaces de despertar lazos afectivos con la familia con la que vivían, más allá de su utilidad intrínseca como cazadores de ratones o protectores del hogar.
Si tal fuera el caso, y todo parece indicar que así es, sería el cementerio de animales de compañía más antiguo conocido hasta la fecha.

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